Ser periodista en cualquier lugar del mundo significa, vivir, sudar, luchar, madrugarse, extender micrófonos, joder, ser hipocrita con el colega o pelearse a empujones para luego tomarse un café con él (o ella). Todo, por ser rápido, todo por ser ávaro, todo por tener la primicia. En sintesis: es una carrera jodidamente agotadora, sacrificada, animalescamente competitiva, pero satisfactoria. "Camaron que se pierde"... dicen.
No hay nada de malo en ello, en cualquier profesión, la competencia siempre será brava. Siempre habrá algún imbecil desleal que te pondrá el pie para que tropieces y pierdas tu objetivo. Y en el periodismo, no es la excepción.
